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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Comunicado de apoyo a lxs compañerxs agredidxs por fascistas en la UAM


Nos cubrimos el rostro para evitar las miradas. Nos lo cubrimos cuando lloramos para que los demás no vean lo vulnerables que llegamos a ser. Nos lo cubrimos cuando tenemos en frente algo que no queremos ver.  Pero probablemente, la razón más importante para cubrirlo es la vergüenza.
Cuando nos avergonzamos, no queremos que se nos reconozca, y se nos vincule a un acto que los demás hallan deleznable. Nos preocupa que cuando nos vean por la calle, la gente nos señale y trate de increparnos, porque dentro de nosotros mismos, aunque tratemos de negarlo a los otros, sabemos que estamos actuando mal.
Entrar con máscaras en la Facultad de Biología de nuestra universidad, como hicieron  ayer por la noche (mientras más oscuro, mejor) miembros de Liga Joven, es sin duda, un acto que nos avergüenza al resto de estudiantes de la UAM y a ellos mismos.
A ellos, porque el haber entrado con máscaras deja en evidencia lo conscientes que son del rechazo que este tipo de espectáculos generan, de ahí que necesitasen esconderse. Y a nosotros, los estudiantes que luchamos por una universidad pública de calidad y PLURAL. Una universidad que sea un espacio de debate, donde aunque hayan opiniones distintas, se busquen soluciones a los problemas reales de la sociedad.
Y no es atemorizando a nuestros compañeros como eso se va a lograr.  Ya hemos sufrido una subida de tasas, recortes en becas, se han puesto en duda nuestras capacidades y salir al mercado laboral se ha convertido en todo un periplo, a pesar de nuestra preparación. Hay que protestar y luchar por nuestros derechos, defendiendo la pública. Pero actos como el de ayer no tienen nada de reivindicativo, son simplemente una muestra de odio y violencia hacia otros estudiantes.
Por eso, desde la AEE*, queremos mostrar nuestro completo y profundo rechazo ante lo ocurrido ayer y decimos ¡¡¡¡ FUERA FASCISTAS DE LA UNIVERSIDAD!!!!

martes, 10 de diciembre de 2013

LOS ECONOMISTAS ORTODOXOS FALLAN EN SU PROPIO TEST DE MERCADO

¡Los estudiantes exigen alternativas a los dogmas del libre mercado!

Desde cualquier punto de vista racional, la economía ortodoxa está en serios problemas. Sus “campeones” no solo han fallado en predecir los mayores colapsos de los últimos 80 años, también insistieron en que las crisis eran cosas del pasado. Más que eso, su forma de pensar ha jugado un papel decisivo al momento de diseñar los desastrosos derivados financieros que provocaron el desastre en primer lugar.

Muchos de estos economistas fueron contratados por bancos y hedge funds para hacer propaganda a sus productos, arrojándonos al abismo especulativo. Aclamadas figuras en la disciplina (que declara ser científica) anunciaron la “gran moderación” de la volatilidad del mercado, a las puertas de una explosión de volatilidad. Otros, como el ganador del Nobel, Robert Lucas, insistían en que la economía había resuelto el “problema central de la prevención de depresiones”.

Si cualquier otra profesión se hubiese equivocado de manera tan espectacular y hubiese causado tanta devastación, habría sin duda caído en desgracia. Uno incluso podría imaginar a los economistas partidarios del libre mercado, que dominaban las universidades y aconsejaban a los gobiernos y bancos estarían dudando de sus teorías y reconsiderando alternativas.

Después de todo, la gran mayoría de los economistas que predijeron la crisis, rechazan el pensamiento neoclásico dominante: de Dean Baker y Steve Keen, a Ann Pettifor, Paul Krugman y David Harvey. Ni keynesianos, ni post-keynesianos ni marxistas aceptaron la ideología neoliberal que se impuso durante 30 años. Ellos entendieron que, contrario a la ortodoxia, los mercados desregulados no tienden al equilibrio, sino que ahondan en la tendencia de la economía a las crisis sistémicas.

Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal y un convencido de la desregulación, al menos tuvo la honestidad de admitir que su visión del mundo había demostrado no ser la correcta. No se puede decir lo mismo de Eugene Fama, arquitecto de la hipótesis de los mercados eficientes (EMH), que respalda la desregulación financiera. Fama reconoce no saber qué causa las recesiones, pero insiste en que su teoría ha sido vindicada.  Muchos economistas  “mainstream” han continuado como si nada hubiese pasado.

Muchos estudiantes, sin embargo, están ya hartos. Una rebelión en contra de la ortodoxia se ha estado gestando durante años y ahora parece haberse encendido aún más. Cansados del universo paralelo de teorías que poco tienen que decir acerca de aquello que le interesa a la gente, estudiantes de la Universidad de Manchester han fundado una “sociedad económica post-colapso”, con 800 miembros, exigiendo el fin de las asignaturas de corte exclusivamente neoliberal y la introducción de un plan de estudios plural. 

Estos universitarios quieren que las escuelas de economía impartan asignaturas que vayan desde la perspectiva Keynesiana, a teorías más radicales, que hayan sabido predecir mejor y conectar con la economía del mundo real. Además, quieren incorporar la economía feminista y del medio ambiente. La campaña se está difundiendo rápidamente: a Cambridge, Essex, London School of Economics y a una docena de otros campus, y conectando con grupos universitarios de France, Alemania, Eslovenia y Chile.

Como explica uno de los fundadores de la sociedad, Zach Ward- Perkins, él y algunos de sus compañeros acordaron, un año después de estudios ortodoxos: “Tiene que haber más en la economía que esto”. La economía neoclásica está construida en base a la concepción de que una economía es la suma de las pequeñas acciones de millones de individuos que buscan maximizar su utilidad, en la que los mercados son estables, la información es perfecta y el capital y la oferta de trabajo son iguales.

Incluso si luchasen por decir algo relevante acerca de la crisis, la desigualdad o la propiedad, los modelos matemáticos dan una falsa apariencia de rigor científico, valorada por estudiantes que sólo aspiran a conseguir un trabajo bien pagado en la City. La economía neoclásica también ha apoyado la desregulación, la privatización, los bajos impuestos a los ricos y el libre comercio, y se nos dijo durante 30 años que esta era el único camino a la prosperidad.
Sus adeptos tienen una mentalidad casi religiosa, asegura Ha-Joon Chang, uno de los últimos economistas independientes que han sobrevivido en Cambridge. Aunque piden que se favorezca la competencia, ellos mismos no toleran ninguna. Hace 40 años, la mayoría de departamentos económicos eran keynesianos y los de economía neoclásica eran ridiculizados. Todo eso cambió con el ascenso de Thatcher y Reagan.

En las instituciones que deberían fomentar el debate, aquellos economistas que no siguen el dogma neoclásico, han sido sistemáticamente excluidos. Algunos han encontrado refugio en escuelas de negocio, estudios sobre desarrollo y departamentos de geografía. En E.E.U.U, los fondos corporativos han sido claves, mientras que en Gran Bretaña, “la búsqueda de la excelencia” ha sido el mecanismo principal para la purga ideológica en las universidades.

Paradójicamente, el fuerte incremento en las tasas universitarias y la mercantilización de la educación superior están creando presión en los estudiantes para dar un giro a la polarización en la enseñanza. Los defensores del libre mercado, están siendo evaluados y los clientes no quieren sus productos. Algunos académicos que han preferido quedarse al margen, se están dando cuenta de que puede que necesiten comprometerse y han empezado a integrarse a un proyecto fundado por Soros, para revisar los contenidos académicos, con la esperanza de limitar las dimensiones del cambio.

Pero debe haber un cambio. La ortodoxia del libre mercado de las últimas tres décadas no solo ha ayudado a crear la crisis que ahora atravesamos, sino que ha dado credibilidad a las políticas que nos han llevado a un menor crecimiento, a una más profunda desigualdad y una mayor inseguridad, además de haber provocado la degradación  ambiental en todo el mundo. Su continuo dominio después del crash, como el modelo al que sostiene, se basa en el poder, no en la credibilidad. Si queremos escapar de estas crisis, ambos deberán desaparecer.


Seumas Milne
Publicado en The Guardian del 20/11/2013

domingo, 1 de diciembre de 2013

TIEMPOS DE BASURA

¿Se acuerda? Hace ya unos años, la televisión pública valenciana lanzó el programa Tómbola. A quienes no podíamos ver el canal autonómico nos costó entender que no se trataba de un sorteo, sino de una forma novedosa de periodismo del corazón. Unos cuantos periodistas, algunos de larga trayectoria profesional, se juntaban en un plató y discutían entre ellos sobre personas que, generalmente, no estaban presentes. La fórmula tuvo éxito y se adoptó por buena parte de las cadenas privadas y públicas que operan en España. Fue, seguramente, la última gran aportación que desde aquí se ha hecho a la innovación televisiva. Lo curioso del asunto es que rápidamente, incluso entre quienes participaban en el negocio, se aceptó que tales programas eran televisión basura. De este modo, la palabra basura comenzó a emplearse en nuestra vida cotidiana más como indicativo de algo repugnante que como residuo o desecho de comida u objetos ya usados.

Así que, cuando a finales de 2006, se empezó a hablar de las hipotecas basura, desde aquí rápidamente se entendió que se trataba de algo repugnante. Lo que se ignoraba era que esa basura se iba a convertir en pocos meses en una auténtica pesadilla que todavía nos acompaña, la pesadilla de la crisis económica y sus efectos sociales. Porque, ya en la primavera de 2007, llegó a nuestros oídos la noticia de que en los EE.UU. algunas entidades financieras habían sido muy generosas en la concesión de créditos hipotecarios a familias son escasas posibilidades de hacer frente a sus compromisos. Esas entidades -decía la noticia- estaban haciendo enormes esfuerzos por solucionar sus problemas, pero, ¡ay!, no podían, ya que la competencia en el mercado les había ocultado el verdadero riesgo de ser tan generosos. De hecho, se dijo, los responsables habían sido las familias endeudadas, por no informar a los bancos de sus auténticas limitaciones para mejorar sus rentas. Se nos vino a decir, las hipotecas son basura porque sus titulares son personas basura. Pero, entre nosotros, al calificar como basura a esas hipotecas ya nos avisaban de que no se trataba tanto de clientes irresponsables de los bancos, sino más bien de que la cosa iba de préstamos repugnantes, con reglas poco claras y compromisos abusivos, emitidos por bancos basura, repugnantes.

Algo así debió pensar el gobierno de los EE.UU. que llegó a inyectar en 2008 187 mil millones de dólares para evitar que la acumulación de basura provocara riesgos para la salud de su sistema financiero. No lo consiguió; ese mismo año, el 15 de septiembre de 2008, se produjo la quiebra de Lehman Brothers. En este caso, parece que fue la entidad la que trató de engañar a otros socios y al conjunto del sector financiero global -colocándoles títulos de aparente alta rentabilidad, pero de muy oscuro riesgo-, bonos, y participaciones en préstamos basura, que impidió la solidaridad de sus pares. Se había convertido en un banco basura, que no merecía respeto ni ayudas, como sí merecieron otros de ambos lados del Atlántico. Pero para nosotros no se trataba de un banco que negociara con desperdicios, sino de un banco repugnante.

Y así estábamos cuando la crisis llegó a España y en algo más dos años hemos visto como las Cajas de Ahorro han desaparecido de nuestro sistema financiero. En este breve plazo, se han evaporado entidades, en algunos casos centenarias, que han pasado de ser la Caja -es decir, el lugar más seguro para unos pequeños ahorros o a dónde dirigirse en busca de una ayuda para la compra de un piso o para establecer un pequeño negocio- a ser a bancos basura, dejando tras de sí un escándalo mayúsculo en forma de participaciones preferentes colocadas con dolo entre sus confiados clientes. Entidades socialmente respetadas se han convertido en entidades repugnantes. Para poderlas vender, si es que se puede, ya van colocándose más de 45 mil millones de euros, de momento, puestos al servicio del sector financiero, que habrá (tendremos) que devolver a los socios de la Unión Europea, que tanta generosidad han mostrado.

Con anterioridad, en España se puso de moda el neologismo mileurista, para señalar a quienes su salario rondaba los mil euros al mes. En 2005, cuando apareció la expresión, llenó de indignación a una sociedad que pensaba que todo el mundo tenía derecho a un trabajo digno y bien remunerado, un trabajo decente como lo ha llamado la Organización Internacional del Trabajo. Tanta importancia se concedió al mileurismo que casi todos los salarios que no lograban ese nivel fueron rápidamente catalogados como salarios basura. La paradoja ha sido que la crisis ha traído como consecuencia que ser mileurista empiece a ser un éxito social. La cosa no quedó ahí, y así, desde 2010, las sucesivas reformas laborales han ido despojando de derechos laborales a los trabajadores, hasta que se llegó a popularizar la expresión contrato basura.

¿Qué cosa más natural, por tanto, que la basura? Basura en la tele, basura de sueldos, basura en los préstamos, basura en las inversiones, basura de condiciones laborales, bancos basura...
Pero hete aquí que, de pronto, las personas que tienen como ocupación la retirada de las basuras, los basureros de profesión, los que no suelen merecer atención de los buenos ciudadanos ni aun con los luminosos uniformes con los que las empresas les hacen trabajar, se alzan, han dicho basta, en Madrid. Y han dicho basta no solamente por la defensa de sus legítimos derechos a la negociación colectiva que respete los derechos de los trabajadores, han dicho basta al poder económico y al poder político.

No se trata de empresas de escasa viabilidad económica, ni de empresas temerarias que no saben hacer cálculos de costes con precisión; se trata de empresas grandes, multinacionales, oligopólicas en todos los sectores en los que actúan y, por consiguiente, tentadas a experimentar cambios radicales allí donde piensan que la oposición, por necesidad, será más débil, antes de generalizar las medidas y sus resultados a otros lugares y a otros centros trabajo.

También han dicho basta al poder político municipal, y con éste a una forma de hacer política, que abandona sus responsabilidades para con los ciudadanos, a quienes nos han llegado a pedir comprensión por motivos de ahorro presupuestario buscando nuestra complicidad ante la vulneración de derechos básicos de los trabajadores, como el derecho a unas condiciones laborales dignas.

Pero, sobre todo, han dicho basta a la Política de tratar a las personas como basura, personas a las que supuestos expertos -particulares, empleado de organismos públicos y de empresas privadas- dicen lo que conviene, cuándo y cómo, olvidando que su posición social y económica depende, precisamente, de que los demás apreciemos su contribución al bienestar colectivo, a la solución de los problemas y a la mejora de la convivencia. En definitiva, a la construcción de una sociedad decente, en la que no quepan ni televisiones indecentes, ni bancos indecentes, ni contratos indecentes..., ni expertos indecentes.

De momento, ya hemos encontrado barrenderos muy decentes.
PD. Mientras esto se escribe, llega la noticia del intento de despojo de derechos a los trabajadores de la lavandería de los hospitales públicos de Madrid: ¿dónde está quién proclamó el fin de la historia?

José Manuel García de la Cruz- Economistas Sin Fronteras